
Una avalancha de nubes mortecinas, atentaba contra el propio sol al comenzar sus días la pudra ciudad. Sin embargo, el cielo persistía con cierta gracia en su afán de embodegar a los citadinos, brindándoles de consuelo algunos atardeceres de colores robustos; rojos, naranjas y amarillos encarnados, que parecían dar importancia a tardes y noches de perfecta pasmedad.
De entre medio de los sabidos letargos con que cada cual cabalgaba a su irritante aislamiento, surgió de golpe una mujer. Sin nombre ni ideas, morena de tono y gesto y vacía al extremo, hurgaba como todos en las malezas del empleo sin gozar.
Caminaba a paso tenso, sobre gruesos tacones que no recordaba llevar, cargaba con el apuro del viento enrarecido y en su lengua atajaba cualquier malestar que flotara, dejándose secar la boca con letras ajenas.
Su rostro se le hacía tan reiterado al mundo, que pudo verlo reflejado sobre una tapia de ladrillos, sin que la turbase en lo absoluto, durmiéndose aquella noche sin esmero y muriendo momentos antes de que su pieza se iluminara, con los rayos de un nuevo atentado matinal.
Al sol se le hizo día recordándola sin verla y los pasantes de urbe la ojearon un tanto sin remembrarla, colgando la vista en la arrebolada bóveda, que esa tarde como ninguna, verdeó por entero su nubarrosa cubierta.