lunes, septiembre 24, 2007

AMBAS

Aquí estamos, entre largos minutos estrellados,
pero de choques entre ellos,
y sin luz de astros nos miramos
aunándonos las féminas miradas en espera,
hasta que pasen por nosotras,
A recogernos ya.


Entremedio de las dos, cayó una pequeña piedra. Más cerca de sus pies que de los míos y más cerca de mis manos que de las suyas, pero sin ninguna duda, iba la piedra hacia ella.
Permanecí sentada observándola. La caída del peñasquillo desde aquel camión que nos pasó cercano, la había remecido del ensueño en el que se encontraba reposando durante los últimos minutos.
Su cuerpo poseía una rigidez extraordinaria, al igual que sus cabellos, que ni ante el raudal de viento callejero emulaban movimiento. Lo inerte de su esencia, me hizo pensar a que edad se le habría mudado el gesto, y como era una mujer de años entrados, me pareció que hace ya tiempo que se había impavidado.
Lentamente, bajó su mirada hacia el suelo. Una vez descubierto el menudo proyectil, flectó las rodillas en perfecto paralelismo y, manteniendo en recto decreto a su columna, se agachó solo lo necesario como para alzar la piedra del suelo rápidamente.
- Esta piedra, que me iba a pegar en la canilla, me la voy a llevar, anunció mientras abría su bolso cuadrado de cuero marrón.
- Me la llevo. Soy muy buena para coleccionar piedras, ya tengo una fuente casi llena, continuó explicando mientras giraba un poco su tronco hacia mí.
Sin mirarme, llegó a compartir algo de su disfrute conmigo. Frunciendo un poco las cejas con tono de experta, sus ojos inspeccionaban la pequeña piedra gris, mientras la mantenía elevada hacia la luz del mediodía. De los labios casi inexistentes, brotó un temblor reflejo en la comisura, y aparte quedamos entonces todo el resto de la ordinariez colindante. Parecía contemplar la luminosidad del sol entrando por un diamante, indagándolo transversalmente, exhalando brillos en cada giro que le daban sus dedos, gozando del matiz y pureza de la joya encontrada.
- Me la voy a dejar de talismán para la buena suerte, dictaminó una vez acabado el análisis. Mantenía con la otra mano su bolso café abierto. Le dio una profunda mirada última al peñasco y lo echó dentro del bolso, el cual advertí, se encontraba totalmente vacío.
- Yo soy muy buena para juntar piedras, dijo levantando la mirada y viéndome fuera de foco. Luego volvió la vista al frente y se mantuvo en continua rigidez.
Siguieron algunos minutos más, en los que mi participación continuó siendo nula, cuando volvió a girar su tronco un tanto hacia mí y preguntó:
-¿Cuánto llevamos acá?
Sin saber bien que clase de respuesta esperaba, respondí:
- Quince quizás.
Miró hacia las nubes clavándoles la visión tensa y mantuvo unos segundos la boca un poco entreabierta. Contenía el aire durante su reflexión inmóvil, afirmando con su mano izquierda la correa del bolso marrón, dejando que el contexto común se reflejara en sus ojos sin enfocarlo, hasta que un entusiasmo se declaró en ella y me apuntó poniendo la vista muy cerca de mi oreja.
-¡No! Mucho más de quince, yo creo que llevamos unos veinte.
- Puede ser, acoté con rapidez para no dejar espacio al diálogo. Sólo me entusiasmaba observarla.
-¿O tú crees que quince? Preguntó veloz, sorprendiéndome con su maña.
Quedé inmóvil, dejando que los ojos se me tumbaran a mí también en las nubes. Tal como esperaba, a los pocos segundos volvió a su posición original, ya sin esperar respuesta.

- Yo creo que llevamos unos veinte por lo menos, dijo un par de minutos más tarde, torciendo el cuello hacia atrás, mirándome por sobre su lado izquierdo.
- Sí, de todas maneras, contesté sin esmero.
En el lapso continuo, prosiguió interrogándome, suponiendo números y aparentando impaciencia por que llegaran a buscarnos. Cuando finalmente nos recogieron, increpó al conductor por su tardanza y luego se ubicó en un asiento frente al mío.
Continuó el viaje en silencio. La mano sobre el bolso cuadrado, su rígida empatía entre nosotras, las vistas de ambas tendidas en la profundidad, cuando de pronto, por causa de un sobresalto quebrado en el pavimento, frenamos de improviso con gran brusquedad.
Su cuerpo saltó hacia delante, quedando de golpe ella al lado mío y soltando su bolso marrón, el cual voló y fue a darse contra el suelo, donde cayó abierto.
La ayudé a levantarse. Una especie de gusto me recorrió, ya que la tirantez de su hechura, por fin en algo se había roto. Lentamente, fue incorporándose hasta quedar sentada a mi lado. El conductor rehacía la marcha, continuando nuestro recorrido.
Ya el acento en todo había variado.
Su mano izquierda contenía la mía y al notarlo, me impulsé a mirarla, viendo como sus ojos me aguardaban. Montando su mirada en mis ojos preguntó:
- ¿Cuánto crees que llevamos?
Entonces me solté de su vista y miré hacia el suelo. Junto al bolso, se encontraban un puñado de talismanes invisibles.
Una vez más, tumbé mi vista en las nubes.

martes, agosto 28, 2007

PRIMAVITRA


Ese tono de crin coposo y mil oliente me aroma.
El oro se instala a bruñir el aire,
parafraseando a los cometas.

jueves, agosto 16, 2007

ENCLÁPSULA




Una avalancha de nubes mortecinas, atentaba contra el propio sol al comenzar sus días la pudra ciudad. Sin embargo, el cielo persistía con cierta gracia en su afán de embodegar a los citadinos, brindándoles de consuelo algunos atardeceres de colores robustos; rojos, naranjas y amarillos encarnados, que parecían dar importancia a tardes y noches de perfecta pasmedad.
De entre medio de los sabidos letargos con que cada cual cabalgaba a su irritante aislamiento, surgió de golpe una mujer. Sin nombre ni ideas, morena de tono y gesto y vacía al extremo, hurgaba como todos en las malezas del empleo sin gozar.
Caminaba a paso tenso, sobre gruesos tacones que no recordaba llevar, cargaba con el apuro del viento enrarecido y en su lengua atajaba cualquier malestar que flotara, dejándose secar la boca con letras ajenas.
Su rostro se le hacía tan reiterado al mundo, que pudo verlo reflejado sobre una tapia de ladrillos, sin que la turbase en lo absoluto, durmiéndose aquella noche sin esmero y muriendo momentos antes de que su pieza se iluminara, con los rayos de un nuevo atentado matinal.
Al sol se le hizo día recordándola sin verla y los pasantes de urbe la ojearon un tanto sin remembrarla, colgando la vista en la arrebolada bóveda, que esa tarde como ninguna, verdeó por entero su nubarrosa cubierta.

miércoles, agosto 08, 2007

ELLE EST DEBOUT


EL PIE DE MÁRMOL

Dicha escultura, fue dada por Camille Claudel, que recortó el sobrante marmóreo, infragándole vida a la extremidad.
Rodin, su pareja de la época, cinceló su nombre ajeno en el tobillo, costumbre tosca de aquella época ya vencida.
Tiempo después, al ser ofrendada con el desprecio del escultor, Camille lanzó su pie al río, corrió a su taller y desmembró con un hacha su propia obra.
El resto de sus días se los hurtó su hermano Paul, encerrándola de por vida en un manicomio, pese a sus ruegos desesperados.
Soñando con su drama, vivifiqué por segundos su rol. En la lóbrega ribera parisina, sobre el mismo puente de la acción, marco aquel pie con su nombre y lo envío a las aguas. Su Claudel bien puesto remansa, bajo el temple quieto del Sena.

martes, julio 03, 2007

LO QUE ME DICES





Guardo a tus confesiones
bajo mi piel de raso.


En cada guiño que se te escapa,
veo el saludo del loco.

miércoles, junio 06, 2007

RECUERDO EN OBLICUO




Entrar a la casa de mis tíos, ubicada en la calle Lynch, en la comuna de La Reina, era la vía directa para integrarse con los olores propios de nuestra mixtura Latinoamericana: Libros, lanas, quesos, cueros, pisco sour, cigarros, hojas, pan, musgo y vino, portaba en su estela el grueso perfume criollo, que con fuerza brotaba y se extendía largo por el resto de la cuadra.
El jardín, no contaba con mayor ambición que prestarse para el encuentro. Bajo un añoso parrón, muchas tardes nos vimos, los adultos y yo, entonando holgadas conversaciones. Junto con las frases al cielo, acogidas por orejas y aves atentas, flotaba la nostalgia anticipada de Abba, los desmanes musicales de Mozart, la buena letra de Violeta Parra...
Sobre la misma mesa iban confluyendo ideas bipolares de mundo, pero talladas con puras manos de buena intención. Con cada plato se abría un nuevo capítulo en la conversación, y yo a pesar de mis pocos años disfrutaba el suceso, sintiéndome partícula de un ciclo mayor.
La tarde se dilataba y con alguno de mis tíos íbamos hasta un pequeño local de esquina para abastecernos de cigarros, vino o whisky y un helado para mí. Después de comprar, nos detuvimos frente a un caserón continúo cuyo enmarañado jardín poseía un aura fascinante. Con toda claridad se percibía un cuento olvidado deambulando por el jardín. Quizás quería entrar a la casa, metiéndose por alguna de las recobequeadas ventanas o cruzando las pequeñas puertas de madera, que sin duda alguna, habían sido diseñadas por una mente infantil.
Junto a uno de los ventanales del frontis, observamos una cabeza canosa que descansaba sobre un cuerpo sentado junto a un piano de cola. "Es la hormiga"- me dijo mi tíatío, no lo recuerdo bien – "Ella fue esposa de Pablo Neruda"
"¿Hormiga?" pregunté con voz curiosa. A Neruda lo conocía perfectamente, ya que en los libreros de Lynch había notado su nombre, además con mi tía nos reíamos de su voz de pelícano agonizante.
"Sí. La Hormiguita" me respondieron. "En realidad se llama Delia del Carril, ella es pintora, pinta caballos"
Mi fascinación por aquel personaje fue absoluta. La encantadora abuela mágica sin nietos, permanecía en quieta observación, visitando antiguas reseñas en su memoria y dejándome inconclusa hasta no saber de esas historias a mí también.
Años después, podría ingresar a ese parque (bautizado por Neruda como Michoacán) en el que Latinoamérica también se había dado grandes farras y permitido holgadas siestas culturales. Aún se sentía al cuento dando vueltas en el parque; la nueva guardiana de nombre "Rosita", tampoco le había donado el entrar.
Gracias a esta mujer, mezcla de enfermera, chamana, secretaria y periodista, husmeé con decoro los aires privados de la Hormiga por un par de horas. Fue ella quien le sostuvo la cabeza al morir y quien la cuidó prolijamente, durante los últimos años de sus 104 de existencia. Ahora, las cenizas de Delia habitan una pequeña ánfora ubicada en su antiguo dormitorio, junto a fotografías de antaño y un libro de Rafael Alberti. Frente a la cama, una silente tela en blanco lucía como recibiendo a los equinos invisibles, que una mano sin hueso podría plasmar.
En otros rincones de la casa, entre penumbras agotadas, aparecían las huellas del vate: En el living, una impactante colección de mariposas gigantes, (¡¿Que dejó por descuido?!) resplandecían en tornasol azulverde. En el escritorio, las numerosas repisas sin libros, ásperas de tierra y olvido, trepaban por la escalera de madera para reencontrarse con el abandono, en los estantes vacíos que un día alojaron a las caracolas. Una vez dentro de esa pequeña sala, Rosita se sienta y golpeando los brazos del sillón relata: "Este era el sillón de don Pablito" y suelta una risa menuda. Por la ventana del balcón, veo como un aire retorcido se escurre entre el añoso follaje y escala un árbol próximo a la casa, sentándose en su copa.
"Y como es sabido, a don Pablito le gustaba coleccionar muchas cosas, entre ellas mujeres"... prosigue Rosita levantando su ceja delgada hacia el ventanal... "y ahí empezaron los problemas"...
Un ventarrón sacude las hojas verdes del desconcertado árbol, en plena tarde de Enero. Pausada y con genuina indiferencia, la guardiana cierra con llave el balcón, y volvemos abajo, para dar una última rueda por el universo de Delia, por su humanidad, arte y espíritu.
Gran parte de sus obras, están expuestas en la planta baja, entre medio de muros y corredores que albergaron a Pedro Rivera, Rafael Alberti, María Luisa Bombal y otros de los más grandes artistas Latinoamericanos del siglo XX. La existencia de esta casamuseo sin fondos, es hoy sustentada por el gran esmero de una abnegada centinela del recuerdo. Al despedirnos, mi abrazo le agradece su velo de retazos atemporales y por sobre su hombro, diviso al cuento errante por última vez.
Todavía faltan años para poder vivir estos recuerdos. Al salir, regreso a la tarde en las afueras del boliche de abarrotes.
Volvemos con mi tíao a casa, para seguir atrincherándonos de ese posible domingo bajo el parrón. Los viejos siguen tertuliándose y yo vuelvo a pensar en la Hormiguita, en su crin cana, en su semblante lleno, en los ojos arrugados que nunca me han visto, en si algún tono ajeno le habrá conquistado su acento argentino...
Al vapor de quesos, vino, tierra mojada y cigarro, me va meciendo la modorra vespertina... mi vista aprieta las uvas amargas del parrón... estoy en Latierra, Latinotierra... anhelando crecer, para que lo visto se torne en memoria.

miércoles, mayo 16, 2007

OROÑO



Y al tiempo que entonaban la sonata craquelada, las hojas estelares se tiznaron de un color lento.

martes, mayo 01, 2007

AQUÍ EL TRABAJO

(Y de cómo la angostura de lo amargo, resume el impulso vital de ciertos.)

Cuando me vengo en la mañana, para ir a trabajar, de sólo ver tanta cara desafinada, quiero agarrarme las piernas y volver.
En el bus, si la torpeza matutina hace escupir a alguien una sonrisa en voz alta, cientos de ojos cercenadores interceptan la osadía del bocón.
“A ubicarse bien, que la vida NO es un JUEGO, pues. Que sin alcoholes a destajos nunca hay de que reír”- Exclama por debajo de las cejas el micrero, el pobre conductor con su visión de mundo sustraída, aquel primer matón de las ilusiones tempraneras, que nos choferea hasta la entrada de nuestra ancestral obligación: EL TRABAJO
Y, empieza el trabajo. Este confín de hechos sin recuerdo en el que deberíamos brindar nuestro talento y servicio, pero en el que generalmente terminamos perpetuando nuestras mayores vilezas sordas: crítica, envidia, codicia, mentira, indolencia, depredación, contumacia y manutención forzada de uno mismo.
“Trabajo, trabajo, lo más importante es el trabajooo!!!”
Sólo una tribu sapiens ungida por el signo zodiacal de Virgo, proclamada independiente un 18 de Septiembre, puede autocondecorarse el pecho con una enorme T invisible. Sin embargo, aunque tanto nos pavoneemos con el cumplimiento del mandato laboral, resultó ser que ese 1810, como ascendente se nos asomó Sagitario en lo alto y entonces, mi querido pueblo del diablo, se nos insertó la flecha del centauro arquero por el hoyo del traste y desde ese momento sólo quisimos lanzarnos de panza al vino, a la fiesta, al sexo casual y a la dionisíaca pereza de darnos mil vueltas por ahí por puro deleite y sin objeto fijo. O sea, cuando en buen chileno “sacamos la vuelta” en vez de enfocarnos en el rutinario quehacer diario, es porque nos arden las pezuñas aventureras por tirarnos a gozar la buena vida y poca vergüenza... pero antes que el rostro se afine demasiado en su tono, la mano virginal nos tuerce las orejas de burros insurgentes y una vez más abordamos los buses que a la muerte del día nos devuelven a nuestras correctas y asumidas realidades.
En nuestras oficinas, día tras día el conformismo derroca a la pasión y a sus impulsos inspiradores, soñar es padecer incoherencias cuando dormimos, un cesante es siempre un sospechoso y la felicidad se cuantifica en horas hombre...
Hoy, desde mi pequeña guarida laboral, lustro mi gen de súper héroe... el trabajo es una mera actividad aparente y en cada minuto libre concurro a vivir mi verdadera misión.


FELIZ DÍA DEL VERDADERO TRABAJO

miércoles, abril 25, 2007

NODO ANGULAR


A veces, caigo al desestimo que la realidad pervierte.
Anhelo desayunarme la pastilla de filtro satinado, empulecerme con urdana tontera, maquillarme la boca sobre el reflejo de mis afectos paridos y guiñarme el ojo terso, por ser tan neutral.

miércoles, abril 04, 2007

AÉREO V



Siseando al aire de las regias montañas,
el puro negro del cielo escupió,
el fulgurante encanto latoso
de un platíbulo violador.
(Imagen Paul Landacre)

viernes, marzo 16, 2007

VII




Un tan grande calor me amortaja el habla.

El suelo se hace copla
y estas hormigas,
ordeñan mi perfume oscuro.

martes, marzo 06, 2007

Ventura Austral

Antes de la lluvia, salimos a aplanar un poco más el pavimento de Pucón. Pasado el rato, decidimos entrar en una tienda. Tras el mesón, un hombre antiguo nos recibió con la mayor calidez que he percibido de un dependiente en años. En silencio, su mirada respetuosa nos acompasaba sin intimidar. Su presencia animaba a cada objeto visto, marcándole el ritmo a nuestros ojos para que volvieran a observar.
Entre las repisas, encontré unos juegos de posavasos inscritos con las famosas preguntas de Neruda y comencé a leer cada una de ellas en voz semialta : ¿Porqué se suicidan las hojas cuando se sienten amarillas? , ¿Quiénes gritaron de alegría cuando nació el color azul? , ¿Cómo se llama una flor que vuela de pájaro en pájaro? ... Dieciocho veces pregunté y una sonrisa pronunciaba el anciano tras escuchar cada acertijo. "Vuelvan cuando quieran", fueron las tres palabras honestas con que nos despidió.

Luego, al salir a la calle, fuimos llamados desde la altura.
El Tiuque, ave príncipe del nubarrón sureño, clamaba por hacerme levantar la vista, para clavar en mi frente su ojo inmunizante. Su graznido, silbó como el compendio de todas las músicas del mundo. Al cerciorarse de que así lo había comprendido, el pájaro arribó en su propio vuelo.
El frío exprimía a la tarde y comenzamos a apurar el paso.

En una esquina, la vitrina de un restaurant exhibía una gran parrilla ardiente. Al pasar al frente de las llamas, las saludé distraída, sonriéndome como siempre, al sentir su calor. De golpe, mi visión tosca fue convocada y tuve que ver.
Al frente de las brasas, un pequeño niño, seguía concentrado el movimiento que dibujaba el fuego a través del cristal. Sus ojos corrían con esmero detrás de cada rulo y chispazo que procedía del fogón. Pareciendo estar bajo la seducción de una sustancia que me gustaría probar, sus brazos hipnotizados comenzaron a levantarse y fueron improvisando una danza tribal. El pequeño homenajeaba al fuego, dictándole su trayectoria, abriendo los puños para crear explosiones y despertando con sus manos a las llamas que aún dormitaban bajo el carbón.

Me abracé a mi acompañante y dejé que las lágrimas me barnizaran el momento.
Había sacado a mi lucidez de su remojo en tedio y los tersos regalos de la vida llegaban para instalarse en mí. Paz, Visión, Creación, se me ofrecían sin envoltorios la tarde en la que cumplí 29 años.

jueves, febrero 22, 2007

TARDE

La tarde ya está vacía.

Pasó el minuto colegial y el redaño tempranero.

Se le antojó una salvedad,
más la criada no fue a atenderla,
puso mano y vientre en pulir el deseo ajeno
y en desavivar su sino viable,
por jugarle los días al patrón.

A vista mía y de los mismos
se enfrenta el cielo con el televisor,
encienden ventanas de miradas yermas,
los niños que tarean hasta la cuenca del atardecer.

En la mesa de la plegaria tardosa,
el pan se calienta, y frías
a las horas se las lleva.

martes, enero 16, 2007

CONJUGACIÓN EXTERNA



Erase una vez, una mujer que tenía la máxima manía de pujar en el abismo roto. Pues bien, en una de aquellas desorientadas convulsiones, tuvo la ocurrencia de maniatarse el pulgar del pie con un anexo que salía, sólo Dios sabe de adonde. Después de haber dado a luz a nueve ciclos todos distintos, decidió que sus tareas protocolares llegaban a su fin esa tarde, por lo que se extinguió a si misma como especie, cortándose el pulgar de una pestañada y echándoselo al abismo, que desde ese día en adelante, fue llamada La quebrada del pretérito perfecto.

sábado, diciembre 30, 2006

In Memoriam Oscar Gacitúa

Caminaba largas cuadras, sin fijarse en un punto final.
Al llegar a la esquina, divisó un grupo de hombres vestidos de naranjo, esforzándose en levantar un árbol navideño gigante.

El sudor impregnaba su cabeza calva y se extendía hasta las cejas. Detenido en la luz roja, una gota salada corrió por su espalda. Del pavimento, nació una ola caliente que se le abrazó a las canosas piernas. Junto a esa vereda, brotó la idea del refugio.

Con el hombrecito verde luminoso retomó camino. El encuentro con escolares y mujeres, que se acercaban en mareas contrarias, no hicieron más que apurar su escape.

Jadeando, llegó por fin a la escalera y se sumergió en el teclado de concreto. Por fin, el templado subterráneo lo acogía en su brisa de urbano encierro.

Cada peldaño corría junto a Chopin y con él cada recuerdo. Siguió bajando y quiso deslizar los dedos por la baranda. El pasamanos de metal le brindó un destello eléctrico y miles de momentos se encendieron en su interior.

Mareado, se sentó y miró sus manos donantes de músicas divinas. Cerró los ojos y ya no sintió calor.

El sonido del carro, lo hizo pararse de golpe.
Entonando la nota universal, se lanzó y al producirse el impacto, su cuerpo estalló en miles de notas que volaron por la estación.



Oscar Gacitúa es uno de los más destacados pianistas chilenos de todos los tiempos.
Dejó de tocar su música en este mundo el 5 de Diciembre del año 2001, a la edad de 76 años.

miércoles, noviembre 29, 2006

La Máquina del Tiempo

El otro día, tuve la oportunidad de ver una película buenísima. Recalco que fue una verdadera oportunidad, ya que es de aquellas películas que rara vez dan en la televisión y que uno no suele arrendar por motivación propia, si es que existiera en DVD.
Se trata de la versión original de "La máquina del tiempo", del año 1960 dirigida por George Pal y protagonizada impactantemente (teniendo en cuenta la época) por Rod Taylor.
Lo más interesante del relato, es que transcurre en el mismo lugar, (ya que la máquina solo se traslada a través del tiempo, pero no del espacio) sin embargo, ocurren una serie de eventos tan disímiles a lo largo de la línea temporal, que da la impresión de estar viendo historias ocurridas en diferentes continentes e incluso planetas.
Cuando el protagonista avanza miles de años en el tiempo, su laboratorio desaparece y alrededor de la máquina, se extiende un maravilloso jardín. Recorre este edén hasta encontrarse con sus habitantes, los cuales son seres perfectos físicamente, pero lógicamente dormidos intelectual y emocionalmente.
Ocurren una larga serie de eventos y en un cierto punto de la película, el protagonista decide volver al año desde donde originó el viaje. Sin embargo, se ha enamorado de una mujer, lo que finalmente lo hace volver al futuro.
En los últimos minutos de la película, su mejor amigo descubre que en el estante del viajero faltan tres libros; se ha llevado tres textos para compartirlos con la civilización de los seres del futuro. Al percatarse de la ausencia de los libros, se lo hace notar a la ama de casa y le pregunta "¿Qué libros se habría llevado usted?"
Sin duda, es una pregunta formulada para todos, ¿Con qué tipo de información trataríamos de persuadir a una nueva civilización, desconocedora de la nuestra? ¿Qué tipo de marca le propinaríamos al futuro? En mi caso, me tomé la patudez de responder y mi elección fue la siguiente:
1- Demian de Herman Hesse, creo que es el mejor relato occidental sobre el hombre que busca en si mismo.
2-Antología Poética Universal, cualquiera, la más mezclada posible. Fundamental para construir algo nuevo.
3- Me encuentro entre el Barón Rampante de Italo Calvino, porque me fascinaría leerlo muchas veces, (más que compartirlo) ó seguir con más poesía...

martes, octubre 03, 2006

Hora Póstuma

He vuelto. Andaba de viaje por el pasado y me traje este poema.



Hora póstuma al tiempo muerto,
que blanqueaste los bemoles tiernos
con que se irguió el día inicial,
figúrate en piedra,
para condenarte a estar,
sale de tu trampa asombrosa,
con el derecho a hurgar,
y en tu propio dulce emborrachiento
que unta los segundos tensos,
haciéndolos cadena de humo
con grilletes sin cerrar,
véngate del lío de cencerros
que te rapta del bronce,
dale al póstumo un aliento,
para contar los dos pasos lentos,
que te advierten del bemol solar.

NS

lunes, septiembre 11, 2006

Nombre Propio

Anoche me obsesioné con un nombre. A veces, justo antes de dormir, se me estrellan en la mente pensamientos que no me sueltan hasta que caigo dormida o los agoto. Comencé a pensar en lo extraño que me resulta el nombre Claudio, sintiendo que eventualmente nunca le pondría ese nombre a un hijo, no por feo, sino por ajeno. Recordé a los Claudios con lo que me había topado en la vida. Eran pocos, solo les visioné las caras a un par de amigos de la adolescencia, que también eran amigos entre sí, pero que ninguno de sus rostros cuajaban con el nombre Claudio...
Hoy en la mañana, me llamaron del taller de costura. Claudio, el taxista que nos lleva los encargos todas las semanas, se había suicidado el sábado. Anoche no llegó a mi mente, pero hoy recordé cuan puesto tenía el nombre en su cara...se llamaba Claudio con toda propiedad...

lunes, septiembre 04, 2006

Sobre La Elegancia

Cada mañana, mis obligaciones laborales me llevan a desplazarme por uno de los sectores más "elegantes" de la ciudad. Mientras hago mi recorrido por las calles, la elegancia, palabra ilustre, larga, esbelta y a mi parecer de color azul transparente, busca refugio en el cielo para no ser emparentada con actitudes que tienen mucho más que ver con el poder adquisitivo y la simple apariencia, que con la distinción en si misma.
Todos los días, me topo con mujeres "elegantes".
A muchas las veo transitar, otras llegan a donde estoy.
De las que veo andar, pocas veces siento curiosidad por imaginar su mundo. Las percibo como pájaros enjaulados en la vanidad y el temor, andando todos los días sobre delgados tacones que les separan los pies de la realidad terrena y les quita la armonía al andar.
De las que llegan a donde yo estoy, la proximidad me lleva a imaginar. Me resulta imposible sentir por más de dos minutos el perfume de alguien sin comenzar a recibir oleadas de información.
Veo todo tipo de mujeres elegantes... un pequeño grupo de estas mujeres, son personas sumamente gratas, que miran a los ojos y sonríen aunque sea con seriedad. Por lo general, tienen más de cincuenta años, por tanto, pertenecen al tiempo educativo en que los padres enseñaban la sagrada trinidad del comportamiento: saludar, dar las gracias y despedirse. Pero las veo grises, sin color adentro ni fuera de ellas. El peso de dos listones de oro cruzados colgando del cuello, con el correr de los años las lleva a mirar el suelo con precaución y a sentirse seguras en la vía de lo mínimo y lo austero.
Hay otras que simplemente no saben por donde andan, ni como es que su cuerpo camina. Se mueven como programadas por un burdo titiritero electrónico, siendo totalmente inexpresivas en sus actos. No modulan y apenas hablan... A este grupo pertenecen algunas de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida, jóvenes, delgadas, altas, de facciones preciosas, con la mirada opaca y la pasión muerta, deshabitadas de si mismas... La curiosidad me pica tratando de imaginar como demuestran el enojo, el descontento, el amor... a que anoréxico recurso emocional echarán mano para "sentir" algo parecido a un orgasmo...
Conozco también a otras "elegantísimas" señoras de por acá, que son el grotesco resultado de años de escasez económica y arribismo galopante... ellas andan por el mundo despotricando a viva voz, encontrando todo horrible y carísimo, pidiendo rebajas en todas partes, muy encaramadas en terraplenes de doce centímetros, apretadas en un celulítico pantalón de moda y dejando una estela borrachienta de sudor mezclado con algún perfume que lleva el nombre de alguna cantante afro -americana- latina -.despilfarradora – traidora de sus raíces y muy, muy fashion. Gastan y comen gracias al gentil auspicio de sus maridos, tiran la tarjeta de crédito en la cara a la hora de pagar, piden veintecuotaspreciocontado hasta para comprar un par de cebollas y se van a sus mansiones creyendo ser las sultanas de una sociedad sin aristócratas, que vive de las apariencias y se contagia entusiasta de la peor pandemia labrada por el ser humano... la superficialidad.
Siempre he sentido que la elegancia tiene relación con ser considerado frente a la sagrada condición de existencia del otro, pedir permiso para interferir en un campo energético ajeno, llegando a sintonizarnos fluidamente con el medio, teniendo la elegancia como función de fondo el enseñarnos a ser ecoconscientes...
Pero la auténtica elegancia, ya pasó de moda. No se exhibe en vitrinas, ni tampoco se luce en la publicidad... es más práctico vender la elegancia en una cartera con una sigla de tres letras montadas, que reunir en una sola persona sus condiciones; la gracia, la nobleza y la sencillez...

viernes, agosto 18, 2006

Enfilo Continuo

Visioné bajo mi almohada un tancunclen roto. Sabiéndome de una tribu foránea al sueño, no podría hacer mucho y decidí despertar.
En esos tiempos, mi vida se encontraba desamueblada y a medida que se me esfumaba la modorra, pensé en lo bien que me vendría el trompillén que había dejado próximo a la orilla del río. Podría colocarlo junto a la repisa de la chimenea, o talvés en la terraza, bajo el pequeño descanso de madera.
Después de pasar todo el día trabajando en el Banco Nacional, volví a casa por la noche. No comí. Nunca en mi vida he comido cosa alguna.
Metí la cabeza bajo la almohada. Amorosamente, me habían reparado el tancunclen. Cinco grapas de oro remendaban a la perfección esa fea rajadura. De pronto, un silbazo fulminante me hizo levantar la vista. Miles de kikekas furiosas y gigantes sobrevolaban mi cabeza. Cada una medía por lo menos cinco mililímetros. Corrí buscando refugio hasta encontrar una cueva desmantelada por los Sempotes de la tribu. Una vez dentro, me senté en el suelo y cerré los ojos con fuerza concentrándome para despertar.
Volví y ya no me encontraba en casa.
Estaba de pie desnudo, equilibrándome en la punta de un brumoso Kejac rosado.