sábado, marzo 28, 2009

PLAZA REDOR




Se hacía el ritual de noche, en una pequeña plaza, justo en las afueras de la fachada derrumbosa de una iglesia medieval.
El guía de ceremonia era un anciano en silla de ruedas, de barbas y pelo canoso, ojos grandes sacados del agua, que acunaba en el brazo una caja de vino en cartón.
Era un Hemingway sin premios, un suicida igual pero de impulso lento, que se forraba los pies en bolsas de plástico escondiendo las llagas que se los roían parejos desde hacía años. A su lado, una mujer joven con el pelo hasta la cintura coloreado como el interior de una calabaza, hacía de ayudante sonriéndole entre medio de dos dientes caídos, sobando con las pupilas la cabeza del viejo sagrado que nadie se permitía tocar.

Un trío de seres participaban de la celebración, pero de ellos nada era relevante, solo eran sombras literales de esas que emergen por las noches de entre los surcos de la pared.

Al frente de la silla del viejo, habían montado el altar. Consistía en una de las sillas de la plaza alhajada con una imagen borronienta, velas en frascos rojos y latas de cervezas para sellar la solemnidad.
De frente, tenuemente enrojecidos por la luz de las velas, los fieles de bajomundo echaban sus oraciones.
El viejo sonreía extasiado con la boca semiabierta y los ojos se le volvían al agua al olvidarse de pestañar. La mujer con su larga cola pintada de calabaza que le nacía porfiada con raíz oscura, apoyaba su mano lo más cerca posible del maestro, a la altura del hombro pero siempre sin tocarlo, en uno de los mangos que tenía la silla para empujarla por detrás.
Sonreía y el humo de un cigarrillo salía por donde un puño y las noches heroicas le habían evacuado los dientes. Miraba al viejo que nadie tocaba con ojos que cada vez más se le fueron poniendo negros, hasta que fueron pura pupila hecha vista, ojos abiertos para que si el mundo quisiera, entrara esa noche por ellos.

Las tres sombras flacas no tenían papel en el rito, pero secundaban la escena echando la sombra de sus sombras largamente sobre el suelo de la plaza, enmarcando la escena en las afueras de la iglesia romana y riendo en voz muy bajita al recordar lo que antes se hacía adentro, en las murallas casi derrumbadas.

7 comentarios:

matlop dijo...

amiga mía, que trance poético!!!

una mirada entre sombras y espejos

besos
M:

JON MIKEL ALTUNA dijo...

Hoy he visto a alguien así -tal vez fuera el mismo hombre-, pero no me sostuvo la mirada. Me he sentido desdichado un instante. Luego, nada.

Ferragus dijo...

Hermoso texto, Natalie. Una ceremonia llevada a cabo fuera del templo… Curioso; quizá no tanto para las sombras que presenciaron el ritual, éstas sabrían la razón.

Un beso.

Antonio Tello dijo...

Me gusta esa tensión entre el ritual y el misterio.
Abrazos

p.d. Te he enlazado a mi Canal de Poesía

Edge dijo...

Los tiempos medievales siempre le otorgan cercanías poeticas a los escritos...

SalU2
T.

Robin dijo...

La atmosfera del relato se torna densa, los personajes son como figurantes bordando el papel de su vida. Han bajado de sus pedestales oníricos dejándose llevar de la mano por su maga: la escritora hurgando en la tiniebla humana hasta trazar un rito nuevo y desasosegante.

Besos, Natalie

mentecato dijo...

Buenísimo relato.

Un abrazo.