miércoles, junio 06, 2007

RECUERDO EN OBLICUO




Entrar a la casa de mis tíos, ubicada en la calle Lynch, en la comuna de La Reina, era la vía directa para integrarse con los olores propios de nuestra mixtura Latinoamericana: Libros, lanas, quesos, cueros, pisco sour, cigarros, hojas, pan, musgo y vino, portaba en su estela el grueso perfume criollo, que con fuerza brotaba y se extendía largo por el resto de la cuadra.
El jardín, no contaba con mayor ambición que prestarse para el encuentro. Bajo un añoso parrón, muchas tardes nos vimos, los adultos y yo, entonando holgadas conversaciones. Junto con las frases al cielo, acogidas por orejas y aves atentas, flotaba la nostalgia anticipada de Abba, los desmanes musicales de Mozart, la buena letra de Violeta Parra...
Sobre la misma mesa iban confluyendo ideas bipolares de mundo, pero talladas con puras manos de buena intención. Con cada plato se abría un nuevo capítulo en la conversación, y yo a pesar de mis pocos años disfrutaba el suceso, sintiéndome partícula de un ciclo mayor.
La tarde se dilataba y con alguno de mis tíos íbamos hasta un pequeño local de esquina para abastecernos de cigarros, vino o whisky y un helado para mí. Después de comprar, nos detuvimos frente a un caserón continúo cuyo enmarañado jardín poseía un aura fascinante. Con toda claridad se percibía un cuento olvidado deambulando por el jardín. Quizás quería entrar a la casa, metiéndose por alguna de las recobequeadas ventanas o cruzando las pequeñas puertas de madera, que sin duda alguna, habían sido diseñadas por una mente infantil.
Junto a uno de los ventanales del frontis, observamos una cabeza canosa que descansaba sobre un cuerpo sentado junto a un piano de cola. "Es la hormiga"- me dijo mi tíatío, no lo recuerdo bien – "Ella fue esposa de Pablo Neruda"
"¿Hormiga?" pregunté con voz curiosa. A Neruda lo conocía perfectamente, ya que en los libreros de Lynch había notado su nombre, además con mi tía nos reíamos de su voz de pelícano agonizante.
"Sí. La Hormiguita" me respondieron. "En realidad se llama Delia del Carril, ella es pintora, pinta caballos"
Mi fascinación por aquel personaje fue absoluta. La encantadora abuela mágica sin nietos, permanecía en quieta observación, visitando antiguas reseñas en su memoria y dejándome inconclusa hasta no saber de esas historias a mí también.
Años después, podría ingresar a ese parque (bautizado por Neruda como Michoacán) en el que Latinoamérica también se había dado grandes farras y permitido holgadas siestas culturales. Aún se sentía al cuento dando vueltas en el parque; la nueva guardiana de nombre "Rosita", tampoco le había donado el entrar.
Gracias a esta mujer, mezcla de enfermera, chamana, secretaria y periodista, husmeé con decoro los aires privados de la Hormiga por un par de horas. Fue ella quien le sostuvo la cabeza al morir y quien la cuidó prolijamente, durante los últimos años de sus 104 de existencia. Ahora, las cenizas de Delia habitan una pequeña ánfora ubicada en su antiguo dormitorio, junto a fotografías de antaño y un libro de Rafael Alberti. Frente a la cama, una silente tela en blanco lucía como recibiendo a los equinos invisibles, que una mano sin hueso podría plasmar.
En otros rincones de la casa, entre penumbras agotadas, aparecían las huellas del vate: En el living, una impactante colección de mariposas gigantes, (¡¿Que dejó por descuido?!) resplandecían en tornasol azulverde. En el escritorio, las numerosas repisas sin libros, ásperas de tierra y olvido, trepaban por la escalera de madera para reencontrarse con el abandono, en los estantes vacíos que un día alojaron a las caracolas. Una vez dentro de esa pequeña sala, Rosita se sienta y golpeando los brazos del sillón relata: "Este era el sillón de don Pablito" y suelta una risa menuda. Por la ventana del balcón, veo como un aire retorcido se escurre entre el añoso follaje y escala un árbol próximo a la casa, sentándose en su copa.
"Y como es sabido, a don Pablito le gustaba coleccionar muchas cosas, entre ellas mujeres"... prosigue Rosita levantando su ceja delgada hacia el ventanal... "y ahí empezaron los problemas"...
Un ventarrón sacude las hojas verdes del desconcertado árbol, en plena tarde de Enero. Pausada y con genuina indiferencia, la guardiana cierra con llave el balcón, y volvemos abajo, para dar una última rueda por el universo de Delia, por su humanidad, arte y espíritu.
Gran parte de sus obras, están expuestas en la planta baja, entre medio de muros y corredores que albergaron a Pedro Rivera, Rafael Alberti, María Luisa Bombal y otros de los más grandes artistas Latinoamericanos del siglo XX. La existencia de esta casamuseo sin fondos, es hoy sustentada por el gran esmero de una abnegada centinela del recuerdo. Al despedirnos, mi abrazo le agradece su velo de retazos atemporales y por sobre su hombro, diviso al cuento errante por última vez.
Todavía faltan años para poder vivir estos recuerdos. Al salir, regreso a la tarde en las afueras del boliche de abarrotes.
Volvemos con mi tíao a casa, para seguir atrincherándonos de ese posible domingo bajo el parrón. Los viejos siguen tertuliándose y yo vuelvo a pensar en la Hormiguita, en su crin cana, en su semblante lleno, en los ojos arrugados que nunca me han visto, en si algún tono ajeno le habrá conquistado su acento argentino...
Al vapor de quesos, vino, tierra mojada y cigarro, me va meciendo la modorra vespertina... mi vista aprieta las uvas amargas del parrón... estoy en Latierra, Latinotierra... anhelando crecer, para que lo visto se torne en memoria.

miércoles, mayo 16, 2007

OROÑO



Y al tiempo que entonaban la sonata craquelada, las hojas estelares se tiznaron de un color lento.

martes, mayo 01, 2007

AQUÍ EL TRABAJO

(Y de cómo la angostura de lo amargo, resume el impulso vital de ciertos.)

Cuando me vengo en la mañana, para ir a trabajar, de sólo ver tanta cara desafinada, quiero agarrarme las piernas y volver.
En el bus, si la torpeza matutina hace escupir a alguien una sonrisa en voz alta, cientos de ojos cercenadores interceptan la osadía del bocón.
“A ubicarse bien, que la vida NO es un JUEGO, pues. Que sin alcoholes a destajos nunca hay de que reír”- Exclama por debajo de las cejas el micrero, el pobre conductor con su visión de mundo sustraída, aquel primer matón de las ilusiones tempraneras, que nos choferea hasta la entrada de nuestra ancestral obligación: EL TRABAJO
Y, empieza el trabajo. Este confín de hechos sin recuerdo en el que deberíamos brindar nuestro talento y servicio, pero en el que generalmente terminamos perpetuando nuestras mayores vilezas sordas: crítica, envidia, codicia, mentira, indolencia, depredación, contumacia y manutención forzada de uno mismo.
“Trabajo, trabajo, lo más importante es el trabajooo!!!”
Sólo una tribu sapiens ungida por el signo zodiacal de Virgo, proclamada independiente un 18 de Septiembre, puede autocondecorarse el pecho con una enorme T invisible. Sin embargo, aunque tanto nos pavoneemos con el cumplimiento del mandato laboral, resultó ser que ese 1810, como ascendente se nos asomó Sagitario en lo alto y entonces, mi querido pueblo del diablo, se nos insertó la flecha del centauro arquero por el hoyo del traste y desde ese momento sólo quisimos lanzarnos de panza al vino, a la fiesta, al sexo casual y a la dionisíaca pereza de darnos mil vueltas por ahí por puro deleite y sin objeto fijo. O sea, cuando en buen chileno “sacamos la vuelta” en vez de enfocarnos en el rutinario quehacer diario, es porque nos arden las pezuñas aventureras por tirarnos a gozar la buena vida y poca vergüenza... pero antes que el rostro se afine demasiado en su tono, la mano virginal nos tuerce las orejas de burros insurgentes y una vez más abordamos los buses que a la muerte del día nos devuelven a nuestras correctas y asumidas realidades.
En nuestras oficinas, día tras día el conformismo derroca a la pasión y a sus impulsos inspiradores, soñar es padecer incoherencias cuando dormimos, un cesante es siempre un sospechoso y la felicidad se cuantifica en horas hombre...
Hoy, desde mi pequeña guarida laboral, lustro mi gen de súper héroe... el trabajo es una mera actividad aparente y en cada minuto libre concurro a vivir mi verdadera misión.


FELIZ DÍA DEL VERDADERO TRABAJO

miércoles, abril 25, 2007

NODO ANGULAR


A veces, caigo al desestimo que la realidad pervierte.
Anhelo desayunarme la pastilla de filtro satinado, empulecerme con urdana tontera, maquillarme la boca sobre el reflejo de mis afectos paridos y guiñarme el ojo terso, por ser tan neutral.

miércoles, abril 04, 2007

AÉREO V



Siseando al aire de las regias montañas,
el puro negro del cielo escupió,
el fulgurante encanto latoso
de un platíbulo violador.
(Imagen Paul Landacre)

viernes, marzo 16, 2007

VII




Un tan grande calor me amortaja el habla.

El suelo se hace copla
y estas hormigas,
ordeñan mi perfume oscuro.

martes, marzo 06, 2007

Ventura Austral

Antes de la lluvia, salimos a aplanar un poco más el pavimento de Pucón. Pasado el rato, decidimos entrar en una tienda. Tras el mesón, un hombre antiguo nos recibió con la mayor calidez que he percibido de un dependiente en años. En silencio, su mirada respetuosa nos acompasaba sin intimidar. Su presencia animaba a cada objeto visto, marcándole el ritmo a nuestros ojos para que volvieran a observar.
Entre las repisas, encontré unos juegos de posavasos inscritos con las famosas preguntas de Neruda y comencé a leer cada una de ellas en voz semialta : ¿Porqué se suicidan las hojas cuando se sienten amarillas? , ¿Quiénes gritaron de alegría cuando nació el color azul? , ¿Cómo se llama una flor que vuela de pájaro en pájaro? ... Dieciocho veces pregunté y una sonrisa pronunciaba el anciano tras escuchar cada acertijo. "Vuelvan cuando quieran", fueron las tres palabras honestas con que nos despidió.

Luego, al salir a la calle, fuimos llamados desde la altura.
El Tiuque, ave príncipe del nubarrón sureño, clamaba por hacerme levantar la vista, para clavar en mi frente su ojo inmunizante. Su graznido, silbó como el compendio de todas las músicas del mundo. Al cerciorarse de que así lo había comprendido, el pájaro arribó en su propio vuelo.
El frío exprimía a la tarde y comenzamos a apurar el paso.

En una esquina, la vitrina de un restaurant exhibía una gran parrilla ardiente. Al pasar al frente de las llamas, las saludé distraída, sonriéndome como siempre, al sentir su calor. De golpe, mi visión tosca fue convocada y tuve que ver.
Al frente de las brasas, un pequeño niño, seguía concentrado el movimiento que dibujaba el fuego a través del cristal. Sus ojos corrían con esmero detrás de cada rulo y chispazo que procedía del fogón. Pareciendo estar bajo la seducción de una sustancia que me gustaría probar, sus brazos hipnotizados comenzaron a levantarse y fueron improvisando una danza tribal. El pequeño homenajeaba al fuego, dictándole su trayectoria, abriendo los puños para crear explosiones y despertando con sus manos a las llamas que aún dormitaban bajo el carbón.

Me abracé a mi acompañante y dejé que las lágrimas me barnizaran el momento.
Había sacado a mi lucidez de su remojo en tedio y los tersos regalos de la vida llegaban para instalarse en mí. Paz, Visión, Creación, se me ofrecían sin envoltorios la tarde en la que cumplí 29 años.

jueves, febrero 22, 2007

TARDE

La tarde ya está vacía.

Pasó el minuto colegial y el redaño tempranero.

Se le antojó una salvedad,
más la criada no fue a atenderla,
puso mano y vientre en pulir el deseo ajeno
y en desavivar su sino viable,
por jugarle los días al patrón.

A vista mía y de los mismos
se enfrenta el cielo con el televisor,
encienden ventanas de miradas yermas,
los niños que tarean hasta la cuenca del atardecer.

En la mesa de la plegaria tardosa,
el pan se calienta, y frías
a las horas se las lleva.

martes, enero 16, 2007

CONJUGACIÓN EXTERNA



Erase una vez, una mujer que tenía la máxima manía de pujar en el abismo roto. Pues bien, en una de aquellas desorientadas convulsiones, tuvo la ocurrencia de maniatarse el pulgar del pie con un anexo que salía, sólo Dios sabe de adonde. Después de haber dado a luz a nueve ciclos todos distintos, decidió que sus tareas protocolares llegaban a su fin esa tarde, por lo que se extinguió a si misma como especie, cortándose el pulgar de una pestañada y echándoselo al abismo, que desde ese día en adelante, fue llamada La quebrada del pretérito perfecto.

sábado, diciembre 30, 2006

In Memoriam Oscar Gacitúa

Caminaba largas cuadras, sin fijarse en un punto final.
Al llegar a la esquina, divisó un grupo de hombres vestidos de naranjo, esforzándose en levantar un árbol navideño gigante.

El sudor impregnaba su cabeza calva y se extendía hasta las cejas. Detenido en la luz roja, una gota salada corrió por su espalda. Del pavimento, nació una ola caliente que se le abrazó a las canosas piernas. Junto a esa vereda, brotó la idea del refugio.

Con el hombrecito verde luminoso retomó camino. El encuentro con escolares y mujeres, que se acercaban en mareas contrarias, no hicieron más que apurar su escape.

Jadeando, llegó por fin a la escalera y se sumergió en el teclado de concreto. Por fin, el templado subterráneo lo acogía en su brisa de urbano encierro.

Cada peldaño corría junto a Chopin y con él cada recuerdo. Siguió bajando y quiso deslizar los dedos por la baranda. El pasamanos de metal le brindó un destello eléctrico y miles de momentos se encendieron en su interior.

Mareado, se sentó y miró sus manos donantes de músicas divinas. Cerró los ojos y ya no sintió calor.

El sonido del carro, lo hizo pararse de golpe.
Entonando la nota universal, se lanzó y al producirse el impacto, su cuerpo estalló en miles de notas que volaron por la estación.



Oscar Gacitúa es uno de los más destacados pianistas chilenos de todos los tiempos.
Dejó de tocar su música en este mundo el 5 de Diciembre del año 2001, a la edad de 76 años.

miércoles, noviembre 29, 2006

La Máquina del Tiempo

El otro día, tuve la oportunidad de ver una película buenísima. Recalco que fue una verdadera oportunidad, ya que es de aquellas películas que rara vez dan en la televisión y que uno no suele arrendar por motivación propia, si es que existiera en DVD.
Se trata de la versión original de "La máquina del tiempo", del año 1960 dirigida por George Pal y protagonizada impactantemente (teniendo en cuenta la época) por Rod Taylor.
Lo más interesante del relato, es que transcurre en el mismo lugar, (ya que la máquina solo se traslada a través del tiempo, pero no del espacio) sin embargo, ocurren una serie de eventos tan disímiles a lo largo de la línea temporal, que da la impresión de estar viendo historias ocurridas en diferentes continentes e incluso planetas.
Cuando el protagonista avanza miles de años en el tiempo, su laboratorio desaparece y alrededor de la máquina, se extiende un maravilloso jardín. Recorre este edén hasta encontrarse con sus habitantes, los cuales son seres perfectos físicamente, pero lógicamente dormidos intelectual y emocionalmente.
Ocurren una larga serie de eventos y en un cierto punto de la película, el protagonista decide volver al año desde donde originó el viaje. Sin embargo, se ha enamorado de una mujer, lo que finalmente lo hace volver al futuro.
En los últimos minutos de la película, su mejor amigo descubre que en el estante del viajero faltan tres libros; se ha llevado tres textos para compartirlos con la civilización de los seres del futuro. Al percatarse de la ausencia de los libros, se lo hace notar a la ama de casa y le pregunta "¿Qué libros se habría llevado usted?"
Sin duda, es una pregunta formulada para todos, ¿Con qué tipo de información trataríamos de persuadir a una nueva civilización, desconocedora de la nuestra? ¿Qué tipo de marca le propinaríamos al futuro? En mi caso, me tomé la patudez de responder y mi elección fue la siguiente:
1- Demian de Herman Hesse, creo que es el mejor relato occidental sobre el hombre que busca en si mismo.
2-Antología Poética Universal, cualquiera, la más mezclada posible. Fundamental para construir algo nuevo.
3- Me encuentro entre el Barón Rampante de Italo Calvino, porque me fascinaría leerlo muchas veces, (más que compartirlo) ó seguir con más poesía...

martes, octubre 03, 2006

Hora Póstuma

He vuelto. Andaba de viaje por el pasado y me traje este poema.



Hora póstuma al tiempo muerto,
que blanqueaste los bemoles tiernos
con que se irguió el día inicial,
figúrate en piedra,
para condenarte a estar,
sale de tu trampa asombrosa,
con el derecho a hurgar,
y en tu propio dulce emborrachiento
que unta los segundos tensos,
haciéndolos cadena de humo
con grilletes sin cerrar,
véngate del lío de cencerros
que te rapta del bronce,
dale al póstumo un aliento,
para contar los dos pasos lentos,
que te advierten del bemol solar.

NS

lunes, septiembre 11, 2006

Nombre Propio

Anoche me obsesioné con un nombre. A veces, justo antes de dormir, se me estrellan en la mente pensamientos que no me sueltan hasta que caigo dormida o los agoto. Comencé a pensar en lo extraño que me resulta el nombre Claudio, sintiendo que eventualmente nunca le pondría ese nombre a un hijo, no por feo, sino por ajeno. Recordé a los Claudios con lo que me había topado en la vida. Eran pocos, solo les visioné las caras a un par de amigos de la adolescencia, que también eran amigos entre sí, pero que ninguno de sus rostros cuajaban con el nombre Claudio...
Hoy en la mañana, me llamaron del taller de costura. Claudio, el taxista que nos lleva los encargos todas las semanas, se había suicidado el sábado. Anoche no llegó a mi mente, pero hoy recordé cuan puesto tenía el nombre en su cara...se llamaba Claudio con toda propiedad...

lunes, septiembre 04, 2006

Sobre La Elegancia

Cada mañana, mis obligaciones laborales me llevan a desplazarme por uno de los sectores más "elegantes" de la ciudad. Mientras hago mi recorrido por las calles, la elegancia, palabra ilustre, larga, esbelta y a mi parecer de color azul transparente, busca refugio en el cielo para no ser emparentada con actitudes que tienen mucho más que ver con el poder adquisitivo y la simple apariencia, que con la distinción en si misma.
Todos los días, me topo con mujeres "elegantes".
A muchas las veo transitar, otras llegan a donde estoy.
De las que veo andar, pocas veces siento curiosidad por imaginar su mundo. Las percibo como pájaros enjaulados en la vanidad y el temor, andando todos los días sobre delgados tacones que les separan los pies de la realidad terrena y les quita la armonía al andar.
De las que llegan a donde yo estoy, la proximidad me lleva a imaginar. Me resulta imposible sentir por más de dos minutos el perfume de alguien sin comenzar a recibir oleadas de información.
Veo todo tipo de mujeres elegantes... un pequeño grupo de estas mujeres, son personas sumamente gratas, que miran a los ojos y sonríen aunque sea con seriedad. Por lo general, tienen más de cincuenta años, por tanto, pertenecen al tiempo educativo en que los padres enseñaban la sagrada trinidad del comportamiento: saludar, dar las gracias y despedirse. Pero las veo grises, sin color adentro ni fuera de ellas. El peso de dos listones de oro cruzados colgando del cuello, con el correr de los años las lleva a mirar el suelo con precaución y a sentirse seguras en la vía de lo mínimo y lo austero.
Hay otras que simplemente no saben por donde andan, ni como es que su cuerpo camina. Se mueven como programadas por un burdo titiritero electrónico, siendo totalmente inexpresivas en sus actos. No modulan y apenas hablan... A este grupo pertenecen algunas de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida, jóvenes, delgadas, altas, de facciones preciosas, con la mirada opaca y la pasión muerta, deshabitadas de si mismas... La curiosidad me pica tratando de imaginar como demuestran el enojo, el descontento, el amor... a que anoréxico recurso emocional echarán mano para "sentir" algo parecido a un orgasmo...
Conozco también a otras "elegantísimas" señoras de por acá, que son el grotesco resultado de años de escasez económica y arribismo galopante... ellas andan por el mundo despotricando a viva voz, encontrando todo horrible y carísimo, pidiendo rebajas en todas partes, muy encaramadas en terraplenes de doce centímetros, apretadas en un celulítico pantalón de moda y dejando una estela borrachienta de sudor mezclado con algún perfume que lleva el nombre de alguna cantante afro -americana- latina -.despilfarradora – traidora de sus raíces y muy, muy fashion. Gastan y comen gracias al gentil auspicio de sus maridos, tiran la tarjeta de crédito en la cara a la hora de pagar, piden veintecuotaspreciocontado hasta para comprar un par de cebollas y se van a sus mansiones creyendo ser las sultanas de una sociedad sin aristócratas, que vive de las apariencias y se contagia entusiasta de la peor pandemia labrada por el ser humano... la superficialidad.
Siempre he sentido que la elegancia tiene relación con ser considerado frente a la sagrada condición de existencia del otro, pedir permiso para interferir en un campo energético ajeno, llegando a sintonizarnos fluidamente con el medio, teniendo la elegancia como función de fondo el enseñarnos a ser ecoconscientes...
Pero la auténtica elegancia, ya pasó de moda. No se exhibe en vitrinas, ni tampoco se luce en la publicidad... es más práctico vender la elegancia en una cartera con una sigla de tres letras montadas, que reunir en una sola persona sus condiciones; la gracia, la nobleza y la sencillez...

viernes, agosto 18, 2006

Enfilo Continuo

Visioné bajo mi almohada un tancunclen roto. Sabiéndome de una tribu foránea al sueño, no podría hacer mucho y decidí despertar.
En esos tiempos, mi vida se encontraba desamueblada y a medida que se me esfumaba la modorra, pensé en lo bien que me vendría el trompillén que había dejado próximo a la orilla del río. Podría colocarlo junto a la repisa de la chimenea, o talvés en la terraza, bajo el pequeño descanso de madera.
Después de pasar todo el día trabajando en el Banco Nacional, volví a casa por la noche. No comí. Nunca en mi vida he comido cosa alguna.
Metí la cabeza bajo la almohada. Amorosamente, me habían reparado el tancunclen. Cinco grapas de oro remendaban a la perfección esa fea rajadura. De pronto, un silbazo fulminante me hizo levantar la vista. Miles de kikekas furiosas y gigantes sobrevolaban mi cabeza. Cada una medía por lo menos cinco mililímetros. Corrí buscando refugio hasta encontrar una cueva desmantelada por los Sempotes de la tribu. Una vez dentro, me senté en el suelo y cerré los ojos con fuerza concentrándome para despertar.
Volví y ya no me encontraba en casa.
Estaba de pie desnudo, equilibrándome en la punta de un brumoso Kejac rosado.

martes, agosto 01, 2006

La parábola del buen Sagitariano

1986

Esa tarde, mis pequeños dedos alojaban dentro de la blanca mano de mi abuelo Lars. En silencio, esperábamos a que llegara el metro.
Recuerdo que mi mano derecha se encontraba en libertad, mientras que la izquierda rogaba telepáticamente por ser indultada. Pero era inútil, dentro del metro, ni siquiera mi “Tata” que era un distraído profesional, me habría dejado andar suelta a los siete años. Quedándome mi diestra libre, comencé a recorrer con los dedos el bordado de la polera que traía puesta. Era una polerita blanca con dibujos de frutas colorinches, que me encantaba usar una y otra vez. Ponerme esa pilcha sintética coreana me hacía sentirme lo más fashion del mundo, sin intuir en absoluto que en pocos segundos, recibiría una de las más grandes lecciones de estilo de todos los tiempos.
Tocaba el bordado que daba forma a las frutas y me encantaba sentir una y otra vez el suave relieve de los hilos sobre la tela... Dado que mi abuelo no es un gran conversador , más bien siempre anda con la mirada ida hacia adentro, y que no podía moverme ni veinte centímetros por cuenta propia, esa tarde me concentraba distraída en mi polera de última moda, por largo rato.
Trotaban agotados los segundos, cargados de sopor veraniego. De pronto, percibí algo nuevo que me hizo levantar la vista y percatarme que Lars observaba algo que se encontraba afuera de sus ensoñaciones masónicas. Sus ojos estaban puestos en alguien.
Una mujer, de unos treinta años, baja en estatura, con un aspecto muy particular, esperaba el metro de espalda a nosotros.
En un segundo, mi atención también fue absorbida. El Tata y yo la mirábamos con la boca semi abierta, pareciendo los dispares miembros de un improvisado Fans Club. Tenía la piel muy blanca y los ojos eran medio verdes. Llevaba una especie de Vestido -Jumper de color gris tenue (confeccionado en una tela plástica extrañísima) estampado con cuadritos pequeños. Bajé la vista hasta las rodillas, en donde terminaba el “vestido” y.... tenía puestas unas soberbias botas puntudas, sin taco, hechas con la misma tela. De remate, cargaba en su hombro una mochila triangular, con un solo tirante, también del género de los cuadritos...
El pelo, era sin más rodeos, la coronación del personaje. Arriba lo llevaba muy corto, y hacia abajo iban apareciendo capas escalonadas, cada una teñida de un color distinto: rubio, café oscuro, castaño, naranjo, rubio, oxigenado etc. Deben haber sido unos seis o siete escalones que finalizaban en un mechón largo y muy rubio que le caía hasta la mitad de la espalda.

Mi memoria todavía sostiene la melodía que sonaba en el lugar. Era una música muy particular, muy de metro. Aquella mujer no podría recordarla, ya que tenía puesto un walkman. No escuchaba el sonido del andén y su presencia no se involucraba con nada. Ella nunca nos vio. Yo la vi de perfil. No me pareció una mujer bonita, pero poseía un magnetismo que me dejó colgado su recuerdo por años.
La gente pasaba a su lado y se sonreían, agachando la cabeza, cuán campechanos ignorantes mirando un cuadro de Picasso por primera vez. Me irritó la actitud de los transeúntes. A mí, ella me agradaba.

Miré a mi abuelo. Desconozco mi expresión, no tengo claro si mi cara manifestaba la necesidad de una explicación, pero él se agachó un poco hacia mí y en ese momento decidió regalarme una moraleja digna de un antiguo sagitario: “ Ella es una señora... que viaja sola por el mundo”...
Giré la cara hacia la “señora” nuevamente y se me completó el puzzle al darme cuenta de que efectivamente... era una viajera. Ahora comprendo que esa respuesta mágica, a una pregunta nunca formulada con palabras, solo puede brotar de un maestro. Y no en vano, el Tata es 33 en su logia.
Llegó el metro. Nos subimos y fuimos a conocer el planetario. La mujer se bajó un par de estaciones antes que nosotros.
Esa tarde, la polerita con frutas se venció. Nunca más la saqué del closet.

Mientras proyectaban la creación del universo en las pantallas del planetario, me daba vueltas la idea de cómo la viajera se había hecho esas botas... y qué países habría conocido, por qué los eligió, cual era la motivación que la trajo a Chile, dónde dormiría... cómo había conseguido el dinero para viajar...

Aquel día, Don Lars le jugó una mala pasada al árbol genealógico. Muchos de nuestros antepasados, devotamente araron los campos con la semilla del machismo durante siglos, y ahora, en solo dos segundos, una pura frase le validó a la nieta la quimera de que una mujer podía recorrer el planeta sola.
Sin ir más lejos, el padre de mi abuelo viajó diez años por todo el mundo. Durante todo ese tiempo, mantuvo un noviazgo con mi bisabuela por cartas, y ella solo viajó desde su país de origen hacia Sudamérica una vez que estuvieron casados.
No he viajado sola por el mundo. De hecho, prácticamente no he viajado en compañía a ningún lugar.
Este verano, se cumplen veintiún años de aquella anécdota, y ya casi tengo la misma edad de la “Señora” que conocimos en el metro.
Hoy, al abuelo y a mí nos ha llegado la hora de tratar nuestros asuntos de viajes. Para mí, es tiempo de transitar por otros terrenos nuevos, lejos, al otro lado del mar. Lars, hoy en día se prepara para su GranViaje. Volverá a su nube, de la cual en verdad, nunca decidió bajar por completo y desde la que podrá diseñar trayectorias para los viajeros infinitos.

lunes, julio 24, 2006

Caja De Bombones

I

Entrando en mi advierto
cuan prolija me visto,
para ir a empantanarme
en mi punto correcto.

II

No he declarado
mi hostil temperamento,
no sé,
no entiendo,
no creo.
Intuyo, babeo y limpio.

III
Sé que no doy mañanas fáciles
y tampoco me engalano
en mustia docilidad.

sábado, julio 22, 2006

VIERNES FURIOSO



Escribo el siguiente texto bajo un estado de fuerte impacto.

El viernes 21 de Julio, tipo 20:00, veníamos caminando con mi amiga Paz Spencer por Vitacura con Alonso de Córdova, con la intención de volver a nuestras casas.
De golpe, vimos bajar una micro a gran velocidad por la pista izquierda de Vitacura. El bus terminó su infame carrera atropellando a una señora de 65 años que esperaba tranquilamente en el bandejón central con la intención de cruzar la calle.
Todo el brutal accidente ocurrió frente a nuestros ojos. Atónitas, entre medio de gritos, llanto y confusión, presenciamos el horrible resultado de la irresponsabilidad de un conductor. El bus le pasó literalmente por encima a la señora aplastándola, después de impactarla de frente, por lo que ella murió en el acto.
Más tarde, dimos nuestro testimonio a carabineros que se portaron como unos verdaderos imbéciles con nosotras y con la situación en general. Llegaron media hora después del accidente, y cuando les preguntamos sobre el procedimiento, un paco nos respondió con cara de aburrido (textual): “Nooo, a lo más las llaman para que vayan a declarar, pero no creo...” restándole total importancia a lo acontecido. Luego, me llamaron a las dos de la mañana a mi celular solo para confirmar en que comuna vivía!!!!
Del hijodeputa del micrero, sólo sé que lo detuvieron, ya que lo vi en el radiopatrulla, pero como todos sabemos, la ley para ellos no se aplica, así es que como yo confío en otras leyes mayores, le tiré mi maldición gitana, junto con un buen escupo.

Juan Pablo nos fue a buscar y todos volvimos a casa profundamente shockeados.


Frente a la iglesia en donde todo esto ocurrió, comenzó a reunirse la gente para celebrar un matrimonio. Pensé que ahí mismo probablemente el lunes realizarán el funeral de alguna persona, y el domingo bautizarán a algún nuevo católico, y que cada semana en esa iglesia pasan cientos de cosas... frente a esa misma iglesia donde la micro me deja todos los días y yo me bajo y camino para ir a trabajar, frente a la iglesia donde me ocurrió algo muy feo con un taxista años atrás...
¿Cómo me siento? Con la convicción absoluta de que estamos viviendo en una secuencia de destrucción y desprotección latente. Es tan bizarra la cantidad de injusticias, violencia extrema y el desperdicio de vidas que ocurren en nuestro entorno, en tu esquina y en cualquier parte, que no podemos ni siquiera llegar a pensar en confiar en ninguna ley ni sistema. Me declaro anárquica, en el profundo sentido, el cual consiste en no esperar que ninguna estructura te respalde o que responda por ti, sino que tomar la responsabilidad de tu propia vida y ser consciente de ella. De ahí el peligro de la anarquía y de todo lo que huela a irreverencia, protestar o un simple No estar de acuerdo. Furiosa soy con el mundo, y sé que la furia es en sí un valor sagrado. Hiervo de rabia por lo que pasó este viernes y a quien no se enfurezca con estos hechos, me permito asegurarle que está completa y jodidamente muerto en vida.

Alguien le cerró de golpe el libro de la vida a otra persona, sin tener ningún derecho a hacerlo. Sólo queda pedir al universo por que el alma de esa señora transite libre y en paz por otras dimensiones.
La paz de mi furia para ella.

jueves, julio 20, 2006

Poemas Aéreos

AÉREO I

Mariposa que veloz se extingue
en mirada verde naranja y negra,
sale de ti para aflorarme un día
vuelca tu zigzag de polvo sobre mi cabeza.


Róbale el brío al sol candoroso que te mece,
en tu capullo tejido con un hilván de mil hojas
levanta tus alas para ver la montaña
con el filtro brillante de tu vitral alegre.

Prospérame, siembra en mí, ave poderosa
el vicio sagrado de disfrutar brindando
con el néctar extraído de la planta antigua
casi declarada extinta, bien llamada Carpe Diem.


AÉREO II

En medio de la noche, me estrellé con una luz opaca.
Su borde, lo habían roído pequeñas bestias pardas,
su centro declinaba mirarme la boca, por miedo a desear.
Al chocarnos, me la topé inmersa, trajinando en su bebida de plata,
despeinada, puliendo su bella penumbra astral.
Cuento breve, se abrió paso en mi frente clara,
y me condujo al terreno perfecto, donde mi piel quebrada
no puede brillar.

viernes, julio 14, 2006

La agonía de las Ventanas

En la casa de mi abuela en la fértil comuna de La Reina, Santiago de Chile, existía una pequeña ventana del segundo piso por la que me encantaba mirar cundo era niña.
Era una ventanita con reja de seguridad que miraba hacia el oriente. No poseía en absoluto algo especial como arquitectura, pero era una verdadera ventana en todo el amplio sentido de la palabra. Se aplicaba en cumplir su razón de ser como las ventanas de antes, esas que fueron construidas para mirar hacia fuera, cuando en afuera existían muchas cosas interesantes que debían ser vistas.
Mi abuela, más bien mi “yaya”, se sentaba a coser en la antigua máquina casi todos los días de su vida.
A su izquierda , justo arriba de donde ella se ubicaba, estaba la ventana. La pieza era bien iluminada y nunca se necesitaba encender la luz durante el día. Al lado de la máquina de coser , estaba la antigua tele en blanco y negro. Era una auténtica reliquia que se había ganado mi abuelo en una rifa mucho antes de que yo naciera.
La yaya cosía y yo me sentaba un poco atrás de ella, en una silla de mimbre y veía la tele. Era un aparto muy grande, como todas las teles de los años sesenta, tenía sus patas propias y se cambiaban los canales con una gran perilla. Miraba la tele, miraba a mi abuela coser y miraba la ventanita. Mi abuela cosía, miraba la tele y levantaba la vista para mirar por la ventana. Seguía cosiendo.
Esa ventana era sin dudas, una verdadera ventana.
Era pequeña, no proporcionaba una vista como para empacharse los ojos, pero nos regalaba una visón auténtica. Se veía un pedazo no muy exagerado del cielo, pero sí muy exageradamente limpio, celeste y libre. Observando ese cielo, aprendí lo que es la contemplación. Quedarse suspendido entre una expiración y un nuevo respiro, intuir que ese cielo es un espejo enorme que nos refleja y pertenece a todos, familia, sociedad, patria, humanidad, universo y persona. Intuía que más allá del celeste están las respuestas y mirarlo me alentaba la valentía de ser preguntona. Miraba ese cielo y sentía el germen de aprender, de salir volando y entenderlo todo realmente, encontrarme de pie y en la cara con la realidad. Teniendo la TV al lado, dejaba de interesarme. Esa ventana lo contenía todo. Sobre el cielo prístino, se ubicaba el recorte de la angulosa Cordillera de Los Andes. Cuando al atardecer, caían los últimos rayos del sol sobre la nieve, deseaba estar justo ahí. En el punto donde la luz duraba hasta más tarde y pegaba directo. Me imaginaba como se vería la ciudad desde ese helado de crema abundante que goteaba por las rocas y caía por las quebradas andinas.
Podía quedarme mucho tiempo en ese estado expansivo que justamente es ajeno a las medidas temporales. Esa ventana, la verdadera ventana, sintetiza el espíritu reflexivo y cuestionador que me caracterizaba cuando niña. Ante los argumentos que se me daban como verdades taxativas, sabía que había algo más. Ya lo había descubierto y constatado como real, ya me había conectado con una visión mayor.

Extraño con melancolía esas pequeñas ventanas que nos conectan con estados mágicos. Una ventana es construida para regalarnos el legítimo derecho a soñar. Algo que hace poco tiempo era de toda lógica y constituía un derecho colectivo, hoy se ha transformado en un lujo que hace subir la plusvalía de las propiedades. Un departamento con vista a la intimidad del vecino es mucho más barato que uno con vista a un parque. (Una clara incitación urbanística a meterse en la vida del otro como algo común) El habitante del primer caso se resigna a no soñar, justamente en el lugar que debería ser su preciado refugio del mundo, mientras que el que posee vista al parque se despierta sobresaltado a medianoche, implorando que no sea real la pesadilla en la que una garra de hierro arrancaba a los árboles de raíz.
Años después de la ventana del cuarto de costura, me senté en el computador de mi casa, levanté la vista hacia mi izquierda y contemplé el cielo. Un pedazo gris del espejo otrora impecable, era una lánguida versión de sí mismo en mi gran ventana de departamento moderno, una enorme ventana sin vista, sembrada de cientos de grúas y edificios de espejos que quizás quieran recrear el reflejo que el cielo debería expandir sobre nuestras existencias. Miré y vi. Está ahí detrás del espanto grisáseo que se respira. Y entonces escribí este poema:

Afírmame firmamento
las leyes de mi manifiesto,
mi propia way de vida
ajena al mandato externo.

Dame la fuerza de un dios
que no transa sus mandamientos,
acógeme en tu azul
que abraza sin miramientos

Dame pies para andar en el suelo,
una capa de piel de humano
con un poco de arena blanca
para poder contar tu tiempo

Pero ante todo, Afírmame Firmamento,
Afírmame el recuerdo
de lo que soy
y a lo que vengo,
de no perderme
en el despliegue
de este fugaz experimento.

Sincrónicamente, este poema fue publicado en España, dentro de una antología poética titulada “Desde mi ventana: Soledad y Vértigo”...
Un par de semanas atrás, fui a visitar a la yaya al departamento a donde se mudó con mi abuelo hace más de quince años. Ahora, tiene una pieza para costurear que es pequeñísima y la vista es bastante aburrida. Siempre recuerda con añoranza su antiguo cuarto de costura, amplio, cómodo y “con tan buena luz”. Le pregunté si desde la ventana de esa pieza se veía la cordillera, ella me respondió que sí.
Aunque yo ya sabía la respuesta, hice la pregunta para poder sentirla recordar y junto con ella y su recuerdo lanzarnos las dos por la vista de esa ventana, cómo un par de brujas locas que montan sus escobas voladoras en silencio, tomando té con galletitas en el fino comedor de la yaya, como siempre.